domingo, 1 de junio de 2014

LA SOCIAL- DEMOCRACIA Y SU HIJA, LA RESIGNACIÓN

Hoy, el enemigo para las fuerzas de izquierda, no es la derecha, no es la socialdemocracia, es la resignación. Es un monstruo que te va comiendo el coco y el corazón calladamente y poco a poco.
Al ver cómo está el país tras dos gobiernos del FA, al ver que los ricos son cada vez más ricos, y que los pobres, tienen más plata, pero no son menos “pobres”, sabiendo  que la inmensas mayoría de la gente si bien tiene trabajo, gana menos de 14 mil pesos, que apenas puede pagar un alquiler y comer decentemente es cada día más difícil… Al ver que poco ha cambiado es estos años estructuralmente, y que la riqueza, fruto del crecimiento del país, sigue sin redistribuirse como debería, uno siente una desilusión totalmente justificada.
Me dijo mi almacenera: “Mi generación dio demasiado para que el resultado sea este. Ya está, que no nos pidan más nada.”  A quién podría entonces llamarle la atención que los comités estén vacíos.
El  FA nace como idea de la izquierda para llegar al gobierno junto a sus aliados socialdemócratas y el resultado es que los socialdemócratas han llegado al gobierno con sus aliados de izquierda. Parecido no es lo mismo.
Alguno se dirá: Bueno, tampoco tanta diferencia, son todos de izquierda… Yo le contestaría: Sí, gran diferencia. Un gobierno de izquierda (así son el  todo el mundo) apunta a cambiar las bases del sistema, más tajante o más gradualmente según el caso. El objetivo último de la izquierda es superar el capitalismo, inventar, proponer y plasmar un modelo alternativo. El objetivo socialdemócrata apunta a perpetuar el  capitalismo, pero de tal forma que no sea un capitalismo salvaje, sino uno con “rostro humano”. Ellos apuntan a redistribuir las ganancias que sean fruto (exclusivamente) del crecimiento. Es decir que “en la medida en que se llene el vaso, lo que desborde, se vierte sobre el pueblo”. Ya Mujica le dijo a Neber hace muchos años, que eso era mentira, porque cuanta más agua había, más crecía el vaso, y nunca se volcaba. Pero en función de esa idea, la socialdemocracia no quiere molestar a los ricos que son quienes impulsan el crecimiento. Entonces sí hay una gran diferencia: unos son capitalistas y los otros, anticapitalistas. Pero ¿qué es el capitalismo? Es un sistema de producción y distribución de la riqueza. La socialdemocracia no quiere cambiarlo, la izquierda sí.
Si bien la socialdemocracia nace en Inglaterra y en algún otro país europeo, como sistema "modelar" aparece con fuerza, como un truco del capitalismo para impedir el avance de las revoluciones rojas, sobre todo en los países nórdicos, tan cercanos a la URSS. El capitalismo se ve obligado a aflojar un poco la tensión de la cuerda para evitar que se rompa. Dan a los obreros, y a los sumergidos en general una cierta cantidad de beneficios sociales para relajar la tensión social, y funcionó. Hubo un grado de redistribución de la riqueza mayor que en el capitalismo clásico y era un sistema en que se podía vivir más o menos bien, en la medida en que hubiera no mucha gente y crecimiento estable. Pero también en la medida en que el capital se movía como se movía en aquellas épocas, es decir, previo a la mundialización neoliberal y especulativa actual.
Pero, muerto el perro se acabó la rabia. Es decir que tras la caída del muro y de las revoluciones del este europeo, desapareció el peligro de revolución, entonces, los capitalistas se dicen: ¿a santo de qué seguirles dando esas ventajas si de todas formas ya no hay nada que puedan hacer? Es decir, que las razones por las cuales prospera la socialdemocracia ya no existen. Es por eso que la socialdemocracia tal como la conocíamos hasta laos 90s ya no existe.   Es por eso que los socialdemócratas en el mundo se pueden identificar más con un nuevo término que se aplica: socio-liberales. Hoy el mundo está gobernado por neoliberales o socio-liberales que se van turnando.
El único faro en el mundo que alumbra un camino diferente alumbra desde América del Sur: Ecuador, Bolivia, y Venezuela son sus puntos luminosos (Argentina y Brasil, depende el día).Pero Uruguay, parece estar más cerca de esa realidad mundial que de sus hermanos americanos luminosos.
Las diferencias entre un gobierno socio-liberal y uno neoliberal, son grandes, pero no insalvables. De hecho, basta un vistazo para darse cuenta en Europa: la diferencia entre Zapatero y Rajoy existe, pero ni tanto, entre Sakozy y Hollande, lo mismo. Hay que  ver cómo todas las socialdemocracias se terminan aliando en todos lados con las derechas contra las izquierdas, quizás porque hoy en día es más que los separa de ellos que lo que los une. Pero a nivel histórico, no estaría de más recordar que en Alemania, cuando Hitler llega al poder, gobernaba la socialdemocracia, y estaría bueno recordar las circunstancias en que pasó.
Cuando estás del lado de los oprimidos, podés cometer errores pero no te equivocas de bando en la humanidad. La pregunta central sería: ¿De qué lado están los socioliberales?
En fin, bajando a tierra, estaría bueno dejar de mentirnos repitiéndonos como si fuera un mantra o un padrenuestro que el FA es uno sólo. No lo es, ni nunca lo fue.  La diferencia es que antes era un proyecto de izquierda con sus aliados socialdemócratas y eso se invirtió. Los que estamos en el FA desde hace décadas los sabemos perfectamente.
En todos los países donde gobernó la socialdemocracia con la izquierda como aliada, ésta termina prácticamente desapareciendo. ¿Por qué iba a ser diferente en Uruguay?
En todos los países donde gobierna la socialdemocracia con la izquierda como aliada, el resultado es una enorme resignación, desmovilización, y en los países en donde el voto no es obligatorio, una creciente abstención. ¿Por qué iba a ser diferente en Uruguay?
Yo no creo que la gente que fue de izquierda haya dejado de serlo, lo que creo es que muchos que votaban a la derecha ahora votan a la socialdemocracia. La izquierda ahogada en esa expresión política, con esa correlación de fuerzas, pierde todo poder, pero aún peor, pierde toda identidad posible. Quizás la enorme resignación de la gente de izquierda, venga de ese hecho: pelearon para ganar el gobierno, lo lograron, pero no gobiernan, y aparentemente no hay vuelta, no hay nada que hacer.
Esta resignación viene también de algo mucho más profundo: de la victoria del paradigma posmoderno, individualista a ultranza, con su “hacé la tuya”, que decreta el triunfo y por siempre del capitalismo, como algo “natural”, con su “fin de la historia” y “fin de las ideologías”, con su sobre apreciación de lo “nuevo”, lo “joven”, con sus buenas maneras, y sobre todo, con su “consenso”. Como no hay más ideologías, discutir, pelear, es al cuete, hay que portarse tranquilito, no discrepar mucho y tratar de entenderse sabiamente. El problemita es que en el consenso no hay debate, y sin debate, no hay creación de conciencia; la desideologización de la gente es uno de los efectos buscados por  el paradigma posmoderno, el imperio del pensamiento único. Conflictualizar para crear conciencia es lo que la izquierda uruguaya no ha sabido hacer, en pos de una “unidad”, de un “consenso”, que terminó beneficiando a los socioliberalaes amparados en los enormes brazos del paradigma posmoderno.
Pero lo que desde acá no parece  verse es que este estado de cosas está empezando a cambiar en el mundo y todo este paradigma empieza a mostrar grandes fisuras. La resignación tiene todo que ver con falta de alternativa visible, con la falta de proyecto alternativo, y con la soledad.
Yo también pensé que nuestros sueños estaban muertos, que los de izquierda habíamos perdido la guerra, hasta el año pasado. Entonces me di cuenta que lo único que perdimos fue una batalla. Tras años de posmodernismo, yo pensaba que la única forma de reavivar nuestros hermosos sueños era crear una nueva síntesis y cambiar nuestros símbolos.
Desde lo simbólico yo decía que al final, los símbolos no eran nuestra propuesta, eran solamente símbolos de ellas, eran “abstracciones que remiten a una realidad que no está presente”. Creía que había que cambiarlos porque estaban imbuidos de connotaciones negativas y remitían al pasado, no al futuro. Pensaba que esta idea ya estaba instalada en el inconsciente colectivo y que era mucho más difícil barrer eso que instalar nuevos símbolos de cero.
Pero claro, antes que nada tenés que tener algo nuevo que simbolizar. Y lo nuevo apareció. Yo la vi en Francia, un nuevo modelo alternativo al capitalismo que supera las contradicciones del modelo anterior y que aparece perfectamente adaptado al mundo de hoy. Pero lo que no vi fueron los nuevos símbolos.  
Al contrario, vi emerger nuestras banderas, las de siempre, primero de a cientos, luego de a miles y más tarde, de a centenas de miles, como una marea roja filtrándose desde la tierra a través de los adoquines de París… Las vi en manos de veteranos, como si fueran veteranos y veteranas de guerra, que de golpe, tuvieran 30 años menos. Esa generación equivalente a la de los viejos de acá, esos que aguantan los comités abiertos, como si fuera la defensa de la última trinchera. (Todavía no sabemos cuánto tendremos que agradecerles por esa entrega).  
Pero no los vi solos, los vi flanqueados ¡por estudiantes! Jóvenes, radiantes, con una esperanza en la mirada que hacía muchísimos años que no veía. Me pregunto en Ecuador, Venezuela, Bolivia, las miradas de los jóvenes, ¿cómo serán? No lo viví, quizás sean iguales, o hasta más brillantes. La verdad es que nos parecemos más a los franceses que a los andinos o caribeños, en todo, menos en las circunstancias históricas de nuestra geografía; en eso somos bien latinoamericano, como todos. 
Pero no estaban solos los veteranos y los jóvenes; obreros, precarios, desocupados, de a miles, pintados de rojo, con sus puños alzados, formaban legión. Pero no estaban solamente todos ellos: vi la bandera roja, levantada fieramente contra el viento, bajo la planchada gris del cielo bajo, en manos tanto más delicadas que las del obrero, en manos de tantos intelectuales, científicos, artistas, ingenieros, pequeños empresarios (y ni tan pequeños), abogados…
Los símbolos nunca fueron el problema, el problema era lo simbolizado. Quiero decir que hasta ayer simbolizaban, para el progresismo, un cúmulo de buenos valores, prestigio histórico ganado en la guerra allá (la résistence) y en la dictadura acá, pero aferrados al pasado, arcaicos,  trasnochados. Para los otros, simbolizaban el estalinismo.
Hoy esos mismos símbolos, vuelven a significar lo mismo que antes, lo mismo que al principio: un cambio de sistema, la superación del capitalismo, posible, responsable y mañana.
Esos símbolos son un lazo con la historia, una sensación de continuidad que es lo que justamente, desestimula el posmodernismo, con su aquí  y ahora, con su sobrevaloración de lo nuevo y su menosprecio del pasado, con su “fin de la historia” y con su “fin de las ideologías”. Es una tontería quizás, una decisión tomada sin estas valoraciones, quizás algo que se dio en la práctica, naturalmente, tal vez no se dieron cuenta de lo que estaban haciendo, pero los símbolos son más fuertes de lo que se cree… Ver Francia nadando en rojo, exigiendo no una ley acá o una allá, sino una reforma constitucional, y haciéndolo el día en que se recuerda la Comuna de París (vaya si será simbólico)… muy fuerte. Algo cambió.
Escuchar la internacional temblando en las voces de 200 mil personas retomando La Bastilla. Los jóvenes que no se la saben, tratando de seguir a los veteranos que de a poco se la van acordando y se van animando a sacarla, entre lágrimas que se mezclan con la llovizna fina. Pero no sólo la vieja internacional, la original (que me enteré que era en francés), sino una nueva versión, un hip hop maravilloso, con algo de reggae, que conserva la letra, parte de la melodía y que suena como los dioses, que es mañana.
Ese renacer de los símbolos como no se había visto desde hace 30 o 40 años, significa algo. Es quizás justamente el comienzo del fin del paradigma posmoderno. Podían haber usado símbolos nuevos, pero eso entonces se hubiera inscrito en la lógica de la novedad posmoderna, por lo que no saldrían de los marcos del paradigma. Es quizás por eso, que este resurgir de propuestas alternativas al capitalismo, es tan atacado, con una virulencia inusitada, principalmente desde filas de la socialdemocracia y de su prensa. Le han dado tanto palo que se han olvidado (convenientemente) de pegarle a la ultraderecha que crece y crece puesto que es útil para los liberales (sean socio o neo). Es en ese marco que habría que recordar la historia y el papel que jugó la socialdemocracia en los procesos que terminaron en los fascismos europeos.
Lo que hoy les asusta es que por fin apareció una nueva síntesis, hoy existe una alternativa, un modelo construido con planos marxistas, pero en un terreno diferente, por lo que hay que cambiar algunas cosas para que se mantenga sólidamente en pie. Se elaboró un programa perfectamente realizable, apoyado por economistas, catedráticos. Nuestras ideas ya no son una utopía sino una realidad aplicable mañana de mañana si fuera necesario.  
En todos lados a la larga, los marxistas y sus aliados históricos socialdemócratas se separarán en la medida en que éstos se vuelvan cada vez más liberales y que la izquierda sea capaz de elaborar propuestas alternativas creíbles. Menos puntos en común vamos a ir encontrando desde donde poder establecer una unidad. Pero en la medida en que la izquierda no tenga esa propuesta, no será peligrosa y no será importante electoralmente, por lo tanto estar aliados o no, no será la clave del éxito de las propuestas de la izquierda. Mientras eso sea así, los socioliberales pueden hacer lo que quieran porque creen que ya no necesitan demasiado a la izquierda. Ellos se transformaron en “La Izquierda” y los otros se transforman en “extremistas”, “poco razonables” y “antediluvianos”.
Todos pensaban, igual que nosotros, que estábamos muertos, que ya nadie nos creía, que todo el mundo estaba convencido de que el capitalismo es una mierda, pero que tenemos que vivir en él porque es lo que hay, porque el mundo es así, porque no hay alternativa, salvo administrarlo lo más humanamente posible. Pero se equivocaron.
Sólo hacía falta tiempo, había que recomponerse tras la caída del muro. Había que sentarse a pensar, con “El capital” al lado, qué fue lo que pasó, qué falló, en qué planeta estamos viviendo hoy, contrastar toda la teoría con los datos de la realidad actual, y a partir de ahí, buscando el mismo objetivo final: la abolición de la explotación del hombre por el hombre, replantearse todo, con valentía ideológica, científica, moral. Eso lleva tiempo, nada más. 
Pues ese tiempo se acabó. Una nueva síntesis ha aparecido, y se está esparciendo como reguero de pólvora. De hecho, en los primeros días de junio se realizará una importante reunión en Ecuador en donde las izquierdas del mundo están empezando a armar un Foro Mundial de la Revolución Ciudadana. No sé si alguien de Uruguay irá, no sé siquiera si están al tanto. La sensación que tengo es que la izquierda uruguaya está aislada de lo que sucede en el resto del mundo, como en una burbuja de gris resignación.
Veo a la izquierda empantanada en un FA aburguesado, “profesionalizado”, burocratizado, con un movimiento casi extinguido y una coalición partidaria vive en una encuestocracia en lugar de una democracia. Lo veo transformado en un partido tradicional más con las mismas características que les criticábamos (y teníamos razón). La verdad es que hay políticos en el FA que si no te lo dicen, no sabés si son de derecha o de izquierda.
Veo que el candidato será un socio liberal, afiliado a las tesis de la internacional socialista de Papandreu, Zapatero, Hollande, Blair, Straus Kahn y compañía, que ve con buenos ojos las alianzas con USA (TLC, escándalo Bush, tropas en Haití, etc), y por lo tanto alejado de los procesos revolucionarios latinoamericanos. Veo que con Argentina la cosa se va a crispar quién sabe hasta dónde y Cristina no anda con chiquitas…  y como Argentina y Brasil están operando en bloque… deduzcan ustedes. Lo que yo veo es que nos vamos a aislar de la región, y justo cuando la región camina en la dirección que nosotros, los de izquierda, quisiéramos caminar.
Veo que el candidato del FA se pasará por el forro el programa en todo aquello que no se corresponda  con su línea, como por otra parte, ya lo hizo.
Veo que el candidato será un octogenario, conservador, ya que aparentemente el FA tiene enormes problemas para permitir emerger nuevas caras (no es que no las haya, obviamente).
Veo que al candidato lo han elegido los poderosos: los medios de comunicación masiva, las empresas encuestadoras, cuyas compulsas, si se estudian bien, no dicen exactamente aquello que los “analistas” les hacen decir.
Veo que nuestro gobierno puede ser bárbaro comparado con los de derecha, pero que es una burbuja porque no está basado en cambios estructurales, sino en medidas que coyunturalmente funcionan bien porque el contexto es favorable, pero que donde ese contexto cambie un poco, no veo que se haya modificado nada sustancialmente. Claro, para ello, sería imprescindible una constituyente, como en el resto de Sudamérica, es decir, como lo hace toda verdadera izquierda que llega al gobierno.
Me pregunto si al “abrazarnos a la culebra” no nos habremos envenenado. Veo un panorama medio sombrío. La resignación es hija de esta situación, y es el peor y más complejo de los enemigos a vencer.
No tendría por qué ser así! Hay alternativas!
Yo arranco por declarar que si va a gobernar el socioliberalismo, ya no va a ser con mi apoyo.
Obviamente voy a anular a la derecha en la segunda vuelta. Esto implicará llevar a este FA al gobierno nuevamente (aunque no sea más mi FA), pero en mí va a encontrar una oposición crítica. Oposición de izquierda marxista naturalmente.  

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